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Patricia Bence Castilla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Felices los niños"

(cuento)

 

 

 

 

 

 

 

"Errar al blanco "

(novela)

 

 

 

 

"Ahogar la sed "

(novela)

 

 

 

 

 

 

"Babel "

(poesía)

 

 

 

"Maldecir"

(poesía)

 

Patricia Bence Castilla, nació en la ciudad de Buenos Aires. Es editora y empresaria gráfica. Cursó seminarios de poesía y narrativa en los talleres de reconocidos escritores argentinos. Es responsable de la Edición de la Revista: Grupo de Escritores de los Malos Ayres, e integrante del mismo. Ha sido seleccionada e invitada a participar en distintas antologías, como así mismo en importantes certámenes literarios como miembro del jurado. Coordina desde 2007 talleres literarios virtuales. Ha sido reconocida con el Primer Premio en el concurso Nacional de Ediciones del Ceibo de la ciudad de Gaiman, Provincia del Chubut, Junio 2005. Mención de Honor en JUNIN PAIS 2005 (cuento) auspiciado por Presidencia de la Nación. 1era Mención en la 10ma, Feria del Libro de San Nicolás de los Arroyos (cuento), Julio 2005 Finalista en el VI Certamen Alfonso Martínez-Mena Ayuntamiento de Alhama de Murcia, España, Mayo 2006. Ha publicado los siguientes obras: Felices los niños (cuento 2007), Errar al blanco (novela 2008) Babel (poesía 2009), Ahogar la sed (novela 2010): Maldecir (poesía 2010), bajo el sello editorial de Ediciones Ruinas Circulares. Desde este mismo espacio convoca cada año a un Certamen Literario (cuento-poesía), que ha despertado gran interés por parte de los escritores noveles de cada punto del país. Cuenta actualmente con dos novelas, un libro de cuentos, cuatro poemarios y una obra de teatro, aún inéditos. Últimamente ha  sido reconocida con el 3er Premio, por la Municipalidad de General San Martín, por la novela: “Las 24 hs., Elena” (diciembre 2010).

e-mail: patriciabence@ciudad.com.ar


En la felicidad existe la satisfacción o la complacencia en la plena posesión de un bien: pero en las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, todo se invierte, se vuelve contradictorio. Es feliz el que es pobre, llora o es perseguido. Para decirlo en los verdaderos términos son felices los infelices. La situación de los niños no pertenece al contexto del mentado Sermón; no obstante a los niños le está reservado el mismo Reino de los pobres, los que lloran o los perseguidos, por tanto es posible que los niños vivan esa situación paradojal. Y de esa situación trata este libro de relatos. (…)Un escritor, como decía Hegel, logra la dicha pura de saber que eso que surge a la luz no es otra cosa que lo que dormita en la noche. Los niños no saben que esta posibilidad sólo reside en la escritura. Es la única venganza. Por eso, como soñaba Mallarme, los poetas sólo se interesan en la realidad del lenguaje porque no se interesan en la realidad del mundo. Me animo a imaginar que allí se recupera la infancia en su posibilidad de juego, de dicha inventada y sustituye a la petrificación del muñeco por palabras siempre abiertas. Camila en “Los ojos de la muñeca” ha realizado el tránsito a lo real insoportable y la muñeca es la farsa para aniquilar, a la vez que el aniquilamiento de la tierra prometida de Marcel Schwob. (…) Habrá que leer con cuidado y mucho interés este libro, que sí es bello y sucede, con la ferocidad prometida. Literatura es lenguaje en tensión como la infancia. Se acercan peligrosamente. Felices los niños, felices los infelices, es prueba de ello. El poder extraño y perfecto de lo salvaje.

Liliana Díaz Mindurry

 


El desacierto, de un modo u otro, lleva a ese concepto de culpa tan clásico en las sociedades occidentales, a partir de la tradición de Abraham. El simple error es castigado de forma clara o sutil: las sociedades proponen modelos que no pueden alcanzarse porque están más cerca de lo ideal que de la maraña gris de lo real. Hace ya mucho que Albert Camus comentaba con precisión que la rebeldía más elemental expresa paradójicamente, la aspiración a un orden. Porque la rebelión parece la única actitud ante la equivocación y la falta. Como diría Kafka: cualquier ley es inexplicable y la rebelión ahonda más la falla y la omnipresente culpa ante un orden imposible. Algo semejante le sucede a la hermana Clarisa de Errar al blanco, una novela bien urdida por Patricia Bence Castilla, escritora que en Felices los niños ya mostraba su pericia narrativa y su hondura psicológica.

Liliana Díaz Mindurry

 

 

 


Tal vez, para abordar un tema tan difícil, como podría ser el de la demencia, la mejor manera de hacerlo sea, como propone su autora, Patricia Bence Castilla, hacerlo por caminos laterales, utilizando para ello la voz de un personaje en primera persona, que no ofrece, aparentemente, ninguna amenaza para el lector, ya que se trata de una adolescente. Esta novela comienza a tramarse desde la disciplina rígida de un colegio religioso, donde la protagonista se encuentra internada, y que, capítulo a capítulo, se va abriendo hacia los lugares más oscuros, hasta adentrarse de lleno, en un neuropsiquíatrico, valiéndose de diferentes ardides, para lograrlo. Ahogar la sed propone entrar en un mundo subterráneo, lo hace de la mano de esta adolescente, que a junto a su amiga y compañera de habitación, desnuda verdades en una forma lúdica. Esta amistad será el resorte que servirá de pretexto para sumergirse de lleno en ese lugar fronterizo entre la escuela y el nosocomio. La protagonista, tratará de cruzar ese hilo invisible, para rescatar a su madre (rescatarse a sí misma). En esta búsqueda, aparece una suerte de desdoblamiento, que va desnudando, una a una, no solo a la demencia misma, a las instituciones, a su falta de compromiso, sino que deja emerger, también, la cruda verdad sobre los enfermos mentales internados en distintos nosocomios del país, que muy lejos están, aún hoy, de ser seriamente abordados. Este es un libro duro, donde la psicología de los personajes está bien definida: una adolescente hebefrénica, una compañerita que aparece como una frontera; un punto de equilibrio, dentro de una sociedad que mira hacia otro lado. Difícil inmiscuirse en este mundo de Ahogar la sed, sin replantearse la demencia desde otro lugar: El propio límite.

 


 

 

En Babel Patricia Bence Castilla, deliberadamente elude todo barroquismo hasta dejar el poema en su más mínimo enunciado. La autora nos dice en uno de su poemas: y así una vez más/ la oscilación como la certidumbre durmiendo en cada esquina/ como si nadie/ nunca/ hubiese preguntado por el color de la tristeza, dejando a la palabra desnuda, aislada de sí misma, pero a su vez, como único modo de expresar el desconcierto. Esta poesía gira sobre el contrasentido, logrando eficacia y armonía. En definitiva, Babel, cae sin falsos eufemismos, en el vacío que emerge de las palabras, cuando éstas, se escapan de su verdadero sentido.

 

 

 

 


El segundo libro de poemas, de Patricia Bence Castilla, continúa de algún modo con una poesía seca, sin adornos, que, a diferencia de Babel, se funde en sus propias reminiscencias y se atreve a jugar, también, con el final: su propia muerte, que, contradictoriamente, no desgarra, ni cae en grandilocuencia alguna, sólo es nombrada sin miedo, como un simple desenlace. La autora dice en uno de sus versos: es ella / ese no soy / ésa que permanece en el crepúsculo / contra esa sombra descorrida/ donde nadie sabe donde esta el comienzo / y el final / es pura incertidumbre. Maldecir, de algún modo, refuerza la importancia que la autora le da a las palabras, dividiendo a esta obra en dos partes: "Decir" y "Desdecir", que provocan una permanente discordia. Después de todo, la literatura es una incesante paradoja.