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Papel del narrador en Clarice Lispector y Julio Cortázar a través de La hora de la estrella y Diario para un cuento
El narrador de una historia siempre pertenece a la misma historia. O es un narrador protagonista o es un supuestamente anónimo. También puede ser un testigo de la misma historia que imaginariamente ha visto y oído el nudo de lo relatado y su desenvolvimiento, así como la acción del protagonista. El narrador de la nouvelle “La hora de la estrella” de Clarice Lispector es un escritor que construye un personaje como Macabea, mostrando todas las dificultades de la creación, y espejando el proceso ficcional, que suele ser desconocido para el lector. Podría vérselo como un narrador testigo de la creación misma. Pasa algo idéntico en el relato “Diario para un cuento” de Julio Cortázar (casualmente último cuento cronológico de Cortázar, así como “La hora de la estrella” es la última obra de Lispector, casi escrita en su lecho de muerte). En el caso de Lispector tiene un nombre de ficción que es Rodrigo S M, y en la historia de Cortázar hace pensar (espejo falso como es obvio) en el propio Cortázar. ¿Cuál es el relato de esos mecanismos?
En “La hora de la estrella” hay un juego preliminar: una Dedicatoria del autor y abajo aclara lúdicamente “(en verdad, Clarice Lispector)” como si hiciera falta. Luego de una enumeración como las de Borges, infinita y con el recurso de mezclar seres y objetos que no tienen nada que ver entre sí (ese yo que son ustedes porque no aguanto ser nada más que yo) llega a la claridad paradójica: Lo que me confunde la vida es escribir. Lo que es posible porque después añadirá: cuando escribo no miento. Cortázar se hace la pregunta sobre los fines: ¿para qué un cuento, al fin y al cabo, por qué no abrir un libro de otro cuentista o escuchar uno de mis discos? En el reino de los fines, para Lispector (o su narrador, ya a esta altura es igual) el sentido es transfigurarse en otro y mi materialización final en objeto. Aunque en la vida presuntamente no ficcional, estar solo es ser verdadero. Y paradojalmente sin personajes se despersonaliza. Por otro lado se escribe porque no hay otra cosa por hacer, no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. ¿Se trata también de decir, de moralizar, consecuencia de cualquier decir? Lispector llega a la consecuencia obvia: se trata de un libro inacabado porque le falta la respuesta. Lo que la lleva a la clásica interpelación al lector tan bellamente elaborada por Dante en su “Comedia” según el sutil trabajo de Auerbach que no analizaremos aquí. Y después con ironía da cuenta de trece títulos posibles.
A continuación, en el “corpus” de la nouvelle de Lispector, el narrador explica que sólo consigo la simplicidad con mucho esfuerzo. Y que tampoco la escritura hace reconocible la vida interior. (No obstante voy a seguir hablando de mí, que soy un desconocido. Macabea es claramente Rodrigo y Rodrigo, Clarice). Para empeorar las cosas, Cortázar agrega en su narrador espejado que le cansa escribir, echar palabras como perros buscando al personaje. No obstante Lispector considera un deber, “revelar” la vida del personaje. Este personaje tiene derecho al grito lo que produce el grito del narrador.
Lispector habla de los “cómos” posibles: por ejemplo, elige no empezar por el final. También con falso arbitrio decide siete personajes y el narrador como uno de los más importantes. Imagina una narración con principio, medio y “gran finale” seguido de silencio y de lluvia que cae, decide con humor. El uso de la puntuación en el título: puntos suspensivos en lugar de punto para un título que quedaría abierto a posibles ejercicios de imaginación de ustedes, quizás hasta malsana y despiadada. La puntuación le sirve para ser como un actor y lograr de este modo malabarismos de entonación. El proceso de construcción resulta arduo: porque tengo que dar nitidez a lo que está casi apagado, a lo que apenas veo. Cortázar desearía ser otro (Bioy, por ejemplo) para utilizar la técnica de mostrar lo cercano a la vez guardando esa distancia, ese desasimiento. Pero en definitiva concluye: es una nebulosa madeja de tantas puntas. A veces Cortázar en su alter ego tiene resistencia a construir un diálogo, por ejemplo. Hay párrafos que relee y que debería tachar. El diario que operaría como sinopsis, le resulta aburrido para releer. Lo que vagamente se espera escribir no responde a lo que se escribe. Agrega cáustico: me aburre lo consecutivo pero tampoco me gustan los flash-back gratuitos que complican tanto cuento y tanta película. Lispector, a través de Rodrigo dice que sus informaciones sobre los personajes son pocas y no muy aclaratorias. Y que no adornará las palabras, me limito a contar las pobres aventuras de una chica en una ciudad hecha toda contra ella. Hechos sin literatura, entonces. Material opaco, donde falte la melodía cantabile. Ni técnica ni estilo: a la buena de Dios. El narrador no lee para no contaminar con suntuosidades la simplicidad de mi lenguaje. Como un pintor que sólo pintase colores abstractos.El final no se lo conoce de antemano. Tampoco hay posibilidad de invención libre: diríamos que lo inconsciente reina, no me siento con el poder de inventar libremente: sigo una oculta línea fatal. El personaje se escapa a cada instante, con la pretensión de que yo lo recupere. En otra parte dice: Yo no inventé a esa chica. Ella ha forzado en mí su existencia. Ecos pirandellianos, por supuesto.
El narrador de Lispector se pregunta: ¿un día será esta historia mi coágulo? Cortázar escribe por puro coágulo de sensaciones. Lispector afirma que la historia es verdadera aunque sea inventada. Cortázar se pregunta si la literatura es mezcla paradojal de verdad y ficción: lo escribo escuchándolo, o lo invento copiándolo, o lo copio inventándolo. El personaje aparece en una nordestina que Rodrigo SM sorprende en una calle de Río de Janeiro, o en una Anabel que el alter ego de Cortázar conoce alguna vez e intenta recordar como en una parodia de Proust.
Para lograr lo que desea escribir, el narrador de Lispector reza, por ejemplo, para lograr un vacío, experimentar esa falta de sabor que dicen que tiene la hostia, y agrega: un medio de obtener es no buscar. Escribiendo, aparece lo que se busca, parece afirmar Cortázar: sólo ahora sé de veras lo que pasa, y es que nunca supe gran cosa de lo que había pasado. Y precisamente escribir un diario para un cuento me está ayudando cada vez menos a escribir el cuento.
Al narrador de Lispector mientras escribe le suceden cosas: un tambor que cuando termine el relato callará. Ese tambor puede ser un fenómeno externo o alucinación, lo mismo que el piano alegre que le da al narrador la satisfacción de una posible mejora en la vida (que él ignora) de Macabea. Ignora lo que sucederá hasta que escribe. A veces se siente culpable como todo demiurgo. Se escribe a sí mismo: me tendré que escribir todo a través de ella, entre mis espantos. Y Cortázar: me basta releer este diario para sentir que ella no es más que una catalizadora que busca arrastrarme al fondo de cada página que por eso no escribo, al centro del espejo donde hubiera querido verla a ella y en cambio aparece un traductor público nacional debidamente diplomado. La conclusión para el narrador de Cortázar resulta decepcionante: y es tan triste escribir sobre mí mismo aunque quiera seguir imaginando que escribo sobre Anabel. Aún siendo así o precisamente por esa razón, al narrador de Lispector le incomoda, lo vacía escribir a Macabea, y advierte que habla de ella cuando desearía otra cosa. Aún así la amo, sufro por ella. El narrador de Cortázar dice que cuando inventa personajes no consigue distanciarse de ellos.
La literatura cansa al narrador de Lispector: sólo la mudez hace compañía. Dice: es porque no tengo más que hacer en el mundo mientras espero la muerte (imposible dejar de pensar a Lispector con cáncer escribiendo esta “nouvelle”). También fatiga al narrador de Cortázar: me cansa releer para encontrar una hilación. Aunque en Cortázar también el narrador escribe o inventa con placer: a veces, cuando me va ganando una cosquilla de cuento.
La escritura en el narrador de Lispector es un combate como el de Jacob y el ángel. Pero anuncia que no desertará. Podría “estallar”, si lo hace. Cuesta aguantarla: ah, qué historia trivial (literatura de cordel, melodrama). No hay responsabilidad del narrador.
En definitiva, la realidad ficcional o no (¿hay alguna que no sea ficcional?) no le dice nada, o mejor, descree, o la coloca en el mismo nivel, dándole esta observación nihilista a Macabea. Le sirve para concebir al Dios de ustedes. Por ejemplo puede perdonar y amar a sus creaciones y juzgarlas. También lo despersonaliza: yo no soy yo. “Yo es otro” como diría Rimbaud y Lacan copiaría. Como también ha afirmado Nietszche: “no hay hechos sino interpretaciones”. En semejante realidad puramente textual dice el narrador de Lispector: los hechos son palabras dichas por el mundo. Da miedo apartarse del Orden y caer en el abismo poblado de gritos: el Infierno de la libertad. Por tanto la ficción tranquiliza con el determinismo y la despersonalización a través del inconsciente. Nada se sabe del narrador, excepto que respira.
En las historias narradas los personajes Macabea y Anabel se parecen aunque sean contracaras (virgen y prostituta) de lo mismo: una excepcional simpleza, una ternura ingenua que linda con la estupidez.
Cortázar cita a Derrida: no (me) queda casi nada: ni la cosa, ni su existencia, ni la mía, ni el puro objeto ni el puro sujeto, ningún interés de ninguna naturaleza por nada. El narrador de Cortázar lo compara con el cuento no escrito: yo enfrento una nada (…), un hueco de cuento, un embudo de cuento. Y agrega: el placer reside en eso, aunque no sea un placer y se parezca a algo como una sed de sal. En suma, un absurdo. O una verdad última.
Al narrador de Lispector le aterra la desnudez, porque es la palabra final. La literatura resulta copia de la muerte.
En ambas metahistorias se siente el giro lingüístico postmoderno. Un nihilismo previo: nada hay fuera de las interpretaciones. La verdad es una correspondencia entre una proposición y una preinterpretación más originaria del hecho. El lenguaje pasa a ocupar el lugar de Dios o el Hombre, así con mayúsculas. Más claramente: la verdad es algo que se inventa, el ejército móvil de metáforas de Nietzsche. La seducción está por encima de la investigación. La verdad es la nueva redescripción de un poeta vigoroso en el sentido de Bloom. Se trata, repito, de un universo textual que remite a otros textos y de una determinación inconsciente.
LILIANA DIAZ MINDURRY
Diaz Mindurry, Liliana
Una mirada sobre obras y autors / Liliana Diaz Mindurry ; edición literaria a cargo de Patricia Bence Castilla. - 1a ed. - Buenos Aires : Ruinas Circulares, 2010.
80 p. ; 20x14 cm. - (Octaedro / Liliana Diaz Mindurry)
ISBN 978-987-1610-09-9
1. Ensayo Literario. I. Bence Castilla, Patricia, ed. lit. II. Título
CDD A864
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