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El Gigante El Gigante
Poesía

Irma Elena Marc

$ 100.00 / u$s 6.00 Ver Archivo Leer Fragmento

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Editorial Ruinas Circulares
64 páginas
978-987-1610-91-4


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ALGUNAS APRECIACIONES SOBRE EL GIGANTE, de Irma Elena Marc

por, Liliana Díaz Mindurry


TODO BUEN LIBRO DE POESÍA es una perfecta unidad que junta la aparente dispersión de sus pedazos: lo que no significa que no sea paradoja pura, transfigurada en belleza. En «El Gigante» de Irma E Marc, la pequeñez mentada en el epígrafe de Sylvia Plath («si soy pequeña, no puedo hacer ningún daño/ Si no me muevo, no tiraré nada») se enfrenta con el gigantismo del Padre, de la Hiedra que crece (todo es oscuro cuando devora la hiedra) y tal vez los peligros: ser engullida, perderse, tocar lo oscuro, la intemperie, lo feroz.
El gigantismo del Padre-Hiedra-Ley (La hiedra es un gigante) y sus ojos amarillos no es sólo alusión al poema con que se inicia el libro y lo titula, sino el motivo principal, es decir, lo que excede en estatura y más para el pequeño yo que se debate con un inconsciente (Ella), a veces transmutado en figuras míticas (Caperucita, Alice in Wonderland de Lewis Carroll). El exceso tiene que ver con el exceso de muerte, el cadáver que engulle y es, a su vez, devorado por el yo pequeño y el Ella, devoradores de cadáveres. Hay una dialéctica con el acto de devorar: la boca tan grande de la mamá-loba (mamá loba: cósete los ojos), lo que se vuelve oscuro al ser devorado. El cadáver, es decir, la infancia, (ella hace de la infancia su único alimento) crece (gigantismo) como el corazón (mi mami tiene un corazón que crece/como el cadáver de una ahogada). El resultado es perder la sangre (vida). Estos acrecentamientos y disminuciones nos llevan a la silueta de Alice enclavada en Lewis Carroll y sus dominios: «Wonderland», o los reinos invisibles de Irma E Marc. De alguna forma, también el peligro es el de fragmentación (Ella abre grietas en la muralla que defiende/ de la fragmentación el palacio del cuerpo) y nos hace pensar en el desmembramiento dionisíaco y su trance místico (con la omophaguía de las bacantes) y todo el juego de Ella (Ella está sola como yo) y el yo poético (soy una nenita hermosa con un vestido de plumetí) es una espera en ausencia de la guerra, pero una espera en soledad (¿Quiénes la dejaron sola?) donde el juego no es placentero (No dan ganas de jugar aquí) y tampoco se avanza (imposible avanzar hacia ninguna parte).
El Gigante-Padre-Ley es una hiedra que trepa y se fija en las plantas pequeñas con garfios; también da un apellido (imponiendo apellido a lo vomitado, lo doloroso, /lo para siempre insoportable). Ella y el yo tienen varias salidas: jugar con los ojos del Gigante-Padre- Hiedra-Ley, es decir con su mirada vigilante y legal (me gustan tanto los amarillos, son como los ojos de mi papá/ (...)/ no les tengo miedo, les tengo lástima, no tienen cara) y así librarse de él. El otro juego, el sexo y sus llaves guarda peligros (Y dice: «Alguien me hizo comprender que el sexo está acá»/ y gatilla sobre su sien un dedo descargado). O también: El deseo es pulpa inhabitable, carne viva cavada en lo feroz del cuerpo. Y hasta es posible lo perverso: para que obtenga mi placer/ matándolo. La Ley impone justamente eso, el placer del displacer, matar el placer como gozo absoluto.
La intemperie, el salirse de la vida, el tal vez dejar de alimentarse de muertos produce un animal que me respira tierno y apagado/ en su país inocente, es encontrarse probablemente con el sueño pero el «animal me respira» quizás es un nuevo devorador por más que sea inocente. Al sueño es necesario, no obstante, entrar (un jardín oscuro/ y entro temblando) donde la música roza vuelta silencio. O rumores.
Queda el habla pero es falsa y, como tú, cae. Tampoco el ratón del charco de lágrimas de Alice tiene respuestas. Por tanto nada que no envenene el agua. La palabra escrita crea la noche/Ella dice: soy ciega. Las palabras escritas terminan siendo muerte (pequeños ataúdes). El cuerpo resulta triste y el nombre se escapa. La pérdida de las «nenitas hermosas» (con canastos llenos de limones amarillos) es la pérdida de Ella, del sí mismo, del nombrar, del deseo. Por sobre la pulpa de la mentira o la mecánica del mal subsiste la extrañeza (Ella está hecha de algo que no entiende) y también el rastro que deja el agua en el agua. Finalmente toda red de pescar palabras está hecha de palabras.
Coleridge se pregunta qué significa el poema. Breton acude a una explicación sobrenatural. Es el reino de lo imposible verosímil de Aristóteles.
Si la poesía es una mirada que atraviesa la envoltura del mundo, esa mirada es una mirada frágil. En ella todo lo gastado por el uso se vuelve desconocido, y los poetas están llenos de manos, de ojos, de bocas como diría Rulfo refiriéndose al niño imposible de Dorotea en esa novela magistral que es Pedro Páramo. En el enjambre de palabras Irma E Marc con una exquisitez pocas veces leída llega a esa simplicidad de lo esencial. El gigante poético se vuelve breve, perfecto, conciso, de una sutil belleza. «Si soy pequeña no puedo hacer ningún daño», dice irónicamente Sylvia Plath. Y sabe que no es así, que la poesía más imposible (el rastro que deja el agua en el agua) puede ser la más perfecta. Esta rara perfección caracteriza este libro.
Resplandece. Así. Como la verdadera poesía: un paraíso ínfimo y devastador.

Liliana Díaz Mindurry

 

Irma Elena  Marc

IRMA ELENA MARC, nació en Rosario en 1951, actualmente reside en Corral de Bustos, Córdoba, estudió Letras en la U.N.R. Sus textos figuran en numerosas antologías, páginas virtuales, blogs y revistas literarias del país y del extranjero. Obtuvo numerosos premios tanto en narrativa como en poesía, entre ellos los de la Fundación Honorarte, Fundación Ciudad de Arena, Editorial Homo Sapiens, en el marco del III Congreso de la Lengua española, Municipalidad de San Isidro-La boutique literaria, Palabraviva (España), primer premio de novela de la Municipalidad de San Martín,etc. Fue seleccionada, junto a otros 17 poetas de todo el país, por la Casa de la Poesía de Buenos Aires para una clínica de autores a punto de editar, dictada por Diana Bellessi y fue convocada al Festival Internacional de Poesía de Rosario para la edición 2011. Editó El Gigante (Colección Iluminaciones, Edit. Ruinas Circulares en 2007).

 

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