Nací en Montevideo circunstancia que automáticamente me convirtió
en un oriental más. Rasgo que mantuve desde chiquito a pesar
de venirme a Buenos Aires Virreinato en que resido desde 1972.
Gratamente pagué tributo a la Reina de Plata con tres hijos
de carne y hueso (casi cuatro). Un nieto y cuatro hijos de papel*.
Un gato como el de Roberto Carlos "que está en la oscuridad"
y un Gallo Cantor que está en la calle Corrientes, arrabal de
hoja impresa, cines intelectuales y restoranes caros. Jamás
integré un jurado literario. Ni me llamaron de Casa de las Américas
ni de ninguna editorial transnacional. Nunca pisé un taller
literario (algo que notarán con facilidad los osados lectores
de este libro). No recibí distinción alguna o faja de honor
o premio de algo por algo. Tengo construcciones imperdonables
en algunas sintaxis y desconozco totalmente ciertos sinónimos
que se caen de maduros. La SADE y yo sabemos que vegeta entre
nosotros una profunda y recíproca ignorancia. Pero recibí, eso
sí, infinitas influencias de todo tipo. Tantas, que se necesitarían
varias solapas para nombrarlas. Pero no teman, mi modestia y
el aburrimiento de los lectores no dejarán que la enumeración
se perpetre. La osadía de algunos diarios del Uruguay (Carta
Popular, La Hora, etc.) y algunas publicaciones argentinas (Diario
El Popular, Revista de Psicología Abraxas, Revista de música
Todavía Cantamos y demás) permitieron que algunos escritos míos
vieran la luz. Cuando se dieron cuenta fue tarde: ya estaban
impresos y en la calle.
*El
que tiene en sus manos es el último. Téngalo firme por favor.
Que no se le caiga...ojo que recién comió...Gracias.
(…) Estamos solos, Hugo, estamos irremediablemente
solos. Es cierto. Entonces que me pidas que escriba estas líneas
para vos es darte una mano. Acompañarte. Leer un libro es una
aventura o una pesadilla. Si está bien escrito, y éste es el
caso, es una aventura. Espero sólo dos cosas. No sé si es mucho
o poco. Que "mi mano literaria" te acompañe. Que quienes recorran
estas páginas sientan el placer que yo sentí.
Gabriela Yocco