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Un ejemplo del desvío del lenguaje literario:
Desdoblamiento en máscara de todos de Olga Orozco
Una de las primeras cosas que descubre el escritor es la profunda extrañeza ante lo que otros consideran natural: la sensación de estar todo el tiempo en el lugar del sueño, de la alucinación, de la visión. De allí que la poesía no sea asimilada por el mundo, ni tampoco la novela o el cuento, en lo que tienen de literario, es decir, de poético. ¿De qué sirve lo que no ilumina ni divierte? ¿De qué sirve lo que no sirve? El lenguaje en su monstruosidad está diciendo una verdad, el peligro de creer que el mundo es natural. La escritura es un “juego peligroso” como el libro de poemas de Olga Orozco, es juego porque no se dice sino se Mal-Dice, el peligro reside en esa misma maldición. El peligro es descubrir una invisible red de relaciones donde cada imagen nos lleva a otro lugar, como si continuamente el lenguaje se estuviera desdoblando, diciendo una cosa que no es y lo otro que seguramente se acerca más, pero de seguro es lo otro por antonomasia. Todo resulta una imagen de la conciencia, se entiende una conciencia desdoblada porque admite lo múltiple. Esto es una constante inquietud, una sensación de navegar un agujero negro, una orfandad perfecta.
Lejos/ de corazón en corazón/ más allá de la copa de niebla que me aspira desde el fondo del vértigo/ siento el redoble con que me convocan a la tierra de nadie. Ese vértigo y esa niebla es la medida de un poema. Algo que aspira desde otro lugar para llevar a ninguna parte. En esto se puede cifrar cualquier poema, cualquier Mal-Decir literario. Algo que se lleva parte de nosotros, nos arranca en el vértigo absoluto y sin ver. Y una distancia. Y tal vez un encarnar sucesivo o un ser múltiple. Hay también otras muchas cosas: una copa, un fondo, un redoble, una convocatoria, una tierra, nadie. ¿Quiénes convocan? ¿Para qué? ¿Por qué me aspira lo que me aspira? ¿Más allá de dónde? ¿Por qué al fondo? ¿Es fatal la convocatoria? Ninguna respuesta: el Reino del Mal-Decir, es neblinoso y padece de un vértigo absoluto. El gran tormento del lenguaje es decir cuando falta eso que no se puede decir porque es indecible. Entonces se lo rodea a eso indecible como si se tratara de una revelación a medias. El lenguaje es el obstáculo y la oportunidad única: se trata de tocar el sacrilegio.
Todo el tiempo lo sagrado y la profanación de lo sagrado porque lo sagrado es revelación y la poesía es algo que quiere hablar del deseo incansable de una revelación que está al borde y no se produce pero estalla ya en preguntas directas: (¿Quién se levanta en mí? / ¡Quién se alza desde el sitial de su agonía, de su estera de zarzas/ y camina con la memoria de mi pie?) Quién. Desde el momento en que se pregunta quién por más que haya una memoria hasta en el pie, por más que se alce de la muerte o la pre-muerte o de las zarzas de Moisés, por más que me convocan vuelve a alzarse la niebla y el vértigo. Ya no es sólo un espacio ignoto sino que no sé quién, qué otro de levanta en mí, qué fantasma soy o qué espíritu fantasmal me rodea. El Mal-Decir lo repite lo dice: quién, adónde, porque las cosas no son lo que son, porque no veo, porque me aspiran. Ninguna muerte me salva y menos aún me salva decirlo. Al decirlo instalo un desdoblamiento más grave que el desdoblamiento de ese otro, que es el desdoblamiento del lenguaje, el lenguaje es ese otro que aspira desde un lugar donde las cosas no son lo que son o donde nada es, o donde no hay Logos ni unidad. Ni la técnica ni la magia me llevan a lugar alguno y las personas –utensilios tocan en alguna forma la misma maldición, salvo que prefieran negarla y funcionar a botones. Dejo mi cuerpo a solas igual que una armadura de intemperie hacia adentro/ y depongo mi nombre como un arma que solamente hiere/ (¿Dónde salgo a mi encuentro/ con el arrobamiento de la luna contra el cristal de todos los albergues?) / Abro con otras manos la entrada del sendero que no sé adónde da/ y avanzo con la noche de los desconocidos. Ni el cuerpo me pertenece. Toco la paradoja absoluta: armadura-intemperie-hacia adentro. Armadura es contra la intemperie y la intemperie debería ser hacia fuera. Ninguna vía de escape, racionalidad en estado cero: completamente seguros de que esa razón es una armadura de intemperie hacia adentro. La palabra no me sirve: el nombre hiere en su maldición. Mejor deponerlo. Pero ni siquiera eso porque el lenguaje prosigue y mi nombre es como el nombre de todas las cosas: fantasmático.
Molinos de viento o gigantes: igualmente irreales. Las imágenes en abanico son como interpretaciones desplazadas por otras múltiples hasta el caos.
Hay al menos dos voces fundamentales en esa multiplicidad caótica: la que pregunta entre paréntesis en una voz de secreto o de contradicción y la que afirma formando nuevas preguntas. El dónde vuelve a ser nueva pregunta ya perfectamente unida al doble del todo ajeno pero que “se levanta en mí”. Pero hay una dicha, Hay luna contra el cristal de todos los albergues. Todo es lejos, niebla, vértigo, agonía, pero hay un albergue con luna y cristal. Lástima que no son mis manos y desde ya no hay senderos y no hay luz, y el otro, los otros son desconocidos. Pelea lo sobrenatural que me hace avanzar y hasta ver un albergue y lo aparentemente natural que es contradicción absoluta y pregunta infinita. ¿Quién es Don Quijote? ¿Adónde avanza su loca heroicidad? ¿El Swann de Proust ama o sólo es un nudo de celos? Ninguna de esas preguntas está en el poema de Orozco, pero en esa noche de desconocidos cualquier pregunta es posible.
(¿Dónde llevaba el día mi señal, / pálida en su aislamiento,/ la huella de una insignia que mi pobre victoria arrebataba al tiempo?)/Miro desde otros ojos esta pared de brumas/ en donde cada uno ha marcado con sangre el jeroglífico de su soledad, / y suelta sus amarras y se va en un adiós de velero fantasma hacia el naufragio. Ninguna señal, en primer lugar. Ni la de Caín, que es la del desorden. El héroe tendía a restablecer un orden quebrantado por una falta mítica. Orestes, por ejemplo, respecto a Clitemnestra y Egisto. Pero al restablecer el orden quebrantaba el orden con su acto desmesurado y restablecía el caos que a su vez restablecía el orden y nuevamente el caos. ¿qué victoria era ésta? ¿De quién? ¿Del Hado? ¿De la Injusticia? Igual no había ojos de ningún héroe sino ojos ajenos. Ajeno el que se levanta en mí aunque conserve mi memoria (en mi pie), ajenas mis manos, ajenos los otros, desconocidos y en medio de una noche sin tiempo ni espacio. La soledad de cada uno un jeroglífico: el lenguaje.
El laberinto de imágenes: cada uno ha marcado con sangre su soledad y encima esa soledad es un jeroglífico, el lenguaje, la maldición del lenguaje. Pero el lenguaje: ¿no era el seguro contra la soledad? Amarras sueltas, ya yo no soy yo y me voy. Soltar amarras es olvidar la esclavitud del significado, negarse a toda tentativa significante. No me voy diciendo adiós sino en un adiós y el adiós es un velero fantasma. Todo fantasmático. Lo único cierto: el naufragio. ¿De qué? ¿De la vida o del propio lenguaje? ¿Cómo no marcar soledades y estar en noche de desconocidos si el lenguaje es la maldición que no comunica? ¿Será el lenguaje esa extrañísima armadura (para defenderse de la intemperie como cualquier armadura) y que está hecha de intemperie y además la intemperie es hacia adentro? El lenguaje defiende con la intemperie de adentro.
La locura entonces: ser aspirado. Diga lo que diga, soy aspirado por algo indecible.
Dice Blanchot que la literatura no representa porque es. No significa porque presenta. Tal vez nunca hubo una primera vez y todo es repetición, ensayo teatral, eterno retorno de una verdad imposible. ¿Presentar qué? ¿La verdad? Sabemos que un enunciado es verdadero cuando está conforme a una interpretación establecida y esa interpretación se basa en una previa y así ad infinitum. Aquí la verdad es una pared. La pared corta el paso. Es de brumas: no se la ve. Además se la mira con ojos ajenos. Hasta el nombre se ha perdido, se lo depone porque hiere. La palabra hiere en su Mal-Decir.
La voz parentética que pregunta prosigue su cántico (¿su oración?): ( ¿No había en otra parte, lejos, en otro tiempo, / una tierra extranjera,/ una raza de todos menos uno, que se llamó la raza de los otros,/ un lenguaje de ciegos que ascendía en zumbidos y en burbujas hasta la sorda noche?) En otro espacio, en otro tiempo, pura extranjería. ¿Qué raza es ésta? ¿Los judíos menos Cristo? ¿La humanidad menos Cristo? ¿La humanidad menos yo? ¿Lo que no soy yo es lejos en el tiempo y en el espacio y en la definitiva otredad? ¿Un lenguaje de ciegos? ¿Un lenguaje que no mira? ¿Esa es mi extranjería? Y sus zumbidos y burbujas (palabras que no significan) van ¿hasta la noche sorda? ¿Esa noche es la ciega? ¿El lenguaje es el sordo?
Hasta Sancho duda si Aldonza es Dulcinea o la labradora que conoce. Todo es tembladeral. La irrealidad asciende a cada paso con memoria de alguien que no se es. Nada pertenece: ni raza, ni cuerpo, ni signo, ni nombre, ni victorias, aunque en algún lugar hay un albergue con arrobamiento de luna contra el cristal.
Puede haber una revelación del borde, una revelación que no es revelación al modo de Borges: Desde adentro de todos no hay más que una morada bajo un friso de máscaras;/ desde adentro de todos hay una sola efigie que fue inscripta en el revés del alma;/ desde adentro de todos cada historia sucede en todas partes: / no hay muerte que no mate, / no hay nacimiento ajeno ni amor deshabitado. ¿Volvemos a la unidad? ¿Formamos un cosmos? En vez de ser éste o aquel, ¿somos una sola efigie? ¿Cada nacimiento es nuestro nacimiento, cada amor es nuestro amor, cada historia se mete en nosotros, porque también nuestra historia se multiplica en todos? El final vuelve a ser el caos. Es mejor no creer en tanto logos, tanta unidad repentina. Esto fue inscripto en el revés del alma. Atención. En el revés, dice Orozco. Es decir que en ninguna parte. O quizás el revés del lenguaje es precisamente la maldición. O el revés del alma es el lenguaje.
Y tanto es así, tanto es tan terriblemente así que vuelve la pregunta parentética, el lenguaje de ciegos: ( ¿No éramos el rehén de una caída/ una lluvia de piedras desprendida del cielo,/un reguero de insectos tratando de cruzar la hoguera del castigo?) Parece que habláramos de esos cuadros de émulos del Bosco, donde caen demonios de la primera rebelión con forma de insectos, ya que no de ángeles, o de una absoluta deshumanización: la piedra, lluvia de piedras, de demonios, tanto da. La caída es haber perdido el lenguaje y entonces ya no ser nadie o ser todos en el revés del mundo.
De golpe afirma: Cualquier hombre es la versión en sombras de un gran Rey herido en su costado// Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien sueña el mundo./ En víspera de Dios./ Está uniendo en nosotros sus pedazos.
Una nueva revelación: sin embargo ese Dios que une sus pedazos en nosotros, ese Dios desintegrado que se reconstituye, es como una nueva versión del caos. Caos que propone un nuevo cosmos. Del Mal- Decir surge el caos y del caos la bendición de la escritura. Lector y autor se unen como en un sueño, en la irrealidad y la desintegración del lenguaje. Es el milagro de la poesía nacida de un lenguaje roto, herido y transformado en catarsis y bien, destrucción y reconstrucción, caos y cosmos, ajenidad y encuentro, muerte y resurrección.
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La literatura es negación y destrucción y a la vez preocupación por lo desconocido, y ambas cosas se perciben en este poema: ese Dios-Verbo-Lenguaje se rompe en mil pedazos para rehacerse. La inocencia y lo prohibido se juntan como en el asombro del primer día ( si es que hubo un primer día y no la eterna repetición del caos) donde somos el sueño con que Alguien sueña el mundo y a la vez esa lluvia de piedras desprendida del cielo.
De alguna forma el lenguaje es testigo de la multiplicidad, la infinitud y el entrecruzamiento de universos. De alguna forma también ocurre un hecho de características inusitadas subrayado por Heidegger: el hombre no habla un lenguaje sino el lenguaje habla al hombre. Semejante idea es un giro copernicano y una manera ya perfecta de comprender que hombre y lenguaje se han separado y ya no se sabe quién dice a quién. Dios une en nosotros sus pedazos: el lenguaje nos desgarra y se hace de nosotros. Somos la versión en sombras de ese Dios Lenguaje y ese lenguaje está herido en su costado racional. Ya nadie puede desde ninguna ciencia ni filosofía descubrir una realidad sino crearla. Y en sombras. Sin la menor luz. No hay creación iluminada a menos que la iluminen las sombras.
Ninguna realidad refutó ningún discurso. La realidad es esa lluvia de piedras, ese reguero de insectos, esa copa de niebla, esa pared de bruma, ese lenguaje de ciegos. Realidad es ese vago zumbido que guarda una noche sorda.
Ya no se trata solamente de un desdoblamiento en máscara de todos, sino de un desdoblamiento de imágenes para reconstruir un Dios desdoblado. Todo se vuelve ambiguo, y la culpa aparece desde ese malentendido que supuso el primer niño que ante la ausencia de la madre decidió reemplazarla por una palabra: a partir de ese día lo múltiple fue haciéndose cada vez más múltiple y la palabra asesinó cada cosa nombrada. Volver a la lengua edénica no es tarea de ningún poeta porque ya está asumida la profundidad del Mal- Decir.
El poeta aunque aspira a la verdad, sabe más que nadie que aspirar a la verdad es demencia, si se prefiere desmesura, locura de bárbaro como dirían los griegos. Cada poeta, cada escritor en su lenguaje maldito y Mal-Dicho, sabe que sólo hay una convocatoria a ningún espacio y a ningún tiempo. Sabe, más que nadie, que nada es verdad, entonces todo es mentira, entonces eso es verdad, por tanto cada cosa se niega a sí misma como un viejísimo sofisma. ¿Cómo unir los pedazos luego del estallido del caos?
¿Es posible unirlos?
En cada sueño se despierta. En cada despertar se duerme. Si no hay muerte que no mate, todas las muertes lo matan, todos los amores son suyos, nace a cada minuto. Todo sucede en el revés.
La unidad es ese caos profundo, perfecto, larguísimo, interminable, tal vez con la dulzura de un albergue. El amor es el amor de todos y cualquiera pero también la noche de los desconocidos. Tan desconocidos como él mismo. El Dios que reúne los fragmentos es un Rey herido, el lenguaje es caída, sendero de no sé, memoria del pie que sí sabe, pero ya ha perdido nombre y signo y su victoria parece una derrota.
Mirándolo en el revés del alma: derrota es victoria, perderse es encontrarse, naufragio es unión.
LILIANA DIAZ MINDURRY
Diaz Mindurry, Liliana
Una mirada sobre obras y autors / Liliana Diaz Mindurry ; edición literaria a cargo de Patricia Bence Castilla. - 1a ed. - Buenos Aires : Ruinas Circulares, 2010.
80 p. ; 20x14 cm. - (Octaedro / Liliana Diaz Mindurry)
ISBN 978-987-1610-09-9
1. Ensayo Literario. I. Bence Castilla, Patricia, ed. lit. II. Título
CDD A864
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