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SINOPSIS "Felices los niños":
La llamada edad dorada de la inocencia, es, sino siempre, muy
a menudo, una falacia, de allí la ironía del título
de esta obra de Patricia Bence Castilla: Felices los Niños.
Dice
la escritora, Liliana Díaz Mindurry, en el prólogo
de este libro:
(…)
Literatura es lenguaje en tensión como la infancia. Se
acercan peligrosamente. Felices los niños, felices los
infelices, es prueba de ello.
El poder extraño y perfecto de lo salvaje.
Esta
obra cuya narrativa hacer recordar a la de la española
Ana María Matute, es un libro colmado de paradojas que
se van uniendo en metáforas que lastiman. No hay un final
que no sea inesperado o trascendente en estos cuentos, donde,
el inocente, el niño, es quien observa y trasmuta en sus
muñecos, en sus títeres –alter ego-, no sólo
la frustración que siente, sino también el dolor
del que es objeto, por la ignorancia, la indiferencia del adulto.
En estos catorce relatos aparecen los párrafos que invitan
a descubrir la trama, el parqué de la falacia del título
FELICES LOS NIÑOS: El incesto. El abandono. La marginación.
El alcohol.
(…)
Mi incoherencia se estaba volviendo mi enemiga, mostraba el revés,
la desmesura, el caos, el cosmos que se desperdiga en mil fracciones
frente a mi última inocencia (…) Pensé que lo mejor
hubiese sido seguir durmiendo, hubiese sido mejor, porque cuando
se duerme se está ajeno, no se tiene culpa. Las muertes
que se tejen en los sueños no nos pertenecen. (…)
“El espejo”
Ese
relato narrado en primera persona, detalla una muerte, un suicidio,
tiene si bien un final, de alguna manera esperado, paradójicamente,
también sorprende. La protagonista habla de un pasado de
dolor y muerte, pero, sin embargo abre, a pesar de los trágicos
recuerdos, una llama, una ranura, un deseo de vivir con la mirada
puesta hacia delante.
Vivimos
en una época donde muchas veces, para el niño, ya
ni el religioso ni el maestro tienen significado, donde el estado
ha dejado de asumir el rol que la sociedad le ha conferido, y
en la que los padres tampoco parecen hacerse cargo –en todo caso,
a los que les cabría mayor responsabilidad-. Esta negación
no permite oír las voces infantiles que claman por ser
escuchadas. Si la sociedad las oyera, se abocaría a la
más noble de las tareas: custodiar su inocencia.
Para
los niños de estos relatos, los adultos no son confiables,
sino muy por el contrario, significan la amenaza, lo demoníaco,
lo indecible.
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